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Política desde la sinceridad

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En un mundo globalizado por la tecnología la gente exige y valora la mayor transparencia posible en políticos, instituciones, empresas, líderes religiosos e incluso en los propios medios de comunicación.

¿Qué significa transparencia? es el nuevo nombre de una vieja virtud aristotélica llamada sinceridad o veracidad cuyas consecuencias se traducen hoy por coherencia, autenticidad u honestidad de vida en tres niveles: el pensar, el decir y el hacer. Hay gente que lo que piensa no lo dice, pero lo hace. O políticos que aparentemente nunca piensan, sólo se limitan a decir y hacer lo que a ellos les conviene.

La sinceridad está tan poco pasada de moda que es lo mínimo que cualquiera exige a una campaña de publicidad sobre determinado producto, desde un jabón hasta las ofertas de un cómodo hotel: “¡Qué no me engañen por favor, pues este jabón no limpia!” La agradecemos sin ninguna duda, incluso hasta cierta tranquilidad y confianza nos deja.

No obstante, todos conocemos bien esos refranes populares que ponen sombras al valor de la veracidad, desde aquél “la verdad duele” o “el que dice la verdad se queda sin amigos”, pasando por la ochentosa canción de la reina del pop venezolano: “a veces con decir la verdad matas al corazón” en línea directa con Caramelos de Cianuro: “He sido un mentiroso un infiel no estuvo bien, pero sí estuvo bueno”. O sea, estuvo mal pero fue sabroso. Al menos se reconocen y se llaman a las cosas por su nombre, eso ya es un avance.

Pienso en la conducta de una parte de las élites políticas venezolanas después del masivo repudio ciudadano a la farsa electoral del 20 de mayo, y es sorprendente -cuando no indignante-, que aún haya políticos que monten análisis partiendo de las “serias” cifras que el más espurio CNE de nuestra historia emitió la noche del domingo.

Inevitable no recordar un texto esclarecedor y duro, escrito en 1953, bajo la dictadura del general Pérez Jiménez por Mario Briceño Iragorry, el título dice mucho: La traición de los mejores. El cual debería ser lectura obligada,  discutida y comentada en los últimos años de nuestros bachilleratos. Lejos de mí caer en la ciega antipolítica (sería hacerle un favor a la dictadura), pero dicho texto es un llamado a la reflexión, a la sana autocrítica para, de verdad, construir nuevas formas de hacer política en Venezuela y crecer en ciudadanía.

Si bien el autor dirige su texto a las elites políticas, económicas e intelectuales de entonces para nada ha perdido vigencia.  Según don Mario[1], algunos de los principales rasgos del quehacer antipolítico en Venezuela han sido:

El contrato y el cobro de comisiones como grandes tentaciones de nuestros políticos. El servilismo y la adulancia al gobernante, en particular por parte de los intelectuales. La vulgaridad y las malas maneras de los dirigentes.

También la permanente justificación de sus  conductas serviles y de sus privilegios por la falaz tesis del gendarme necesario (divulgada por Vallenilla Lanz, entre otros), es decir, como supuestamente el pueblo es ignorante y atrasado sin remedio alguno, mejor olvidarse de apostar por la formación en democracia y por una educación de calidad… por tanto la única solución para los problemas de nuestro pueblo sería el gobierno de un caudillo autoritario que mantenga el orden y la paz (y los jugosos contratos de sus redes clientelares).

Sumemos a lo anterior, cierta arrogancia que los hace creer ser los mejores, los depositarios de la verdad y los únicos depositarios de la voluntad colectiva; junto con cierto bien disimulado desprecio por el pueblo, por las instituciones y por aquellos que no tienen sus mismas ideas.

Confundir la admiración y el homenaje servil al poderoso como ejercicio de patriotismo y de civismo. La peripecia política como práctica común, es decir, “¿Cómo puedo enchufarme para surgir económicamente?”; y finalmente, el aplaudir y proponer la inconsistencia personal y la carencia de reciedumbre ética como modelos “realistas y adecuados” de hacer política.

Ciertamente don Mario lanza varios upper cut a la mandíbula con gran puntería. El texto está disponible gratuitamente en la web, los animo a leerlo y meditarlo. A pesar de todo ello, confío en que una nueva forma de hacer verdadera política se vaya abriendo paso, pues son muchos los ciudadanos conscientes dentro y fuera del país que están trabajando duramente por ello.

Al fin y al cabo, si algo hay que agradecer a las redes sociales, es que nos han permitido como ciudadanos hacer un mejor seguimiento, una mayor contraloría ciudadana a los dirigentes nacionales. Se trata de exigir coherencia, detectar inconsistencias, algunas por torpeza otras en cambio, reveladoras de verdades más oscuras. La mesa está servida en tuiter, tanto para el periodismo de investigación como para los literatos, historiadores y cineastas del futuro.

[1] Sigo aquí un poco la síntesis esquemática realizada por el doctor Francisco González Cruz en su blog.

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El Arte como expresión y búsqueda de las formas prohibidas del Sentido

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Permítanme que les haga una pregunta: ¿Qué sentido puede tener para una universidad de hoy representar un clásico del teatro como la locura trágica de Hamlet, ambientada en el siglo XVII en su palacio de Elsinor en Dinamarca? … No es original ni nueva la sospecha que deseo recordar y compartir: el artista, el investigador y el loco tienen más en común que lo que se cree. Tanto Hamlet como don Quijote, comparten la gloria universal de ser llamados clásicos de la cultura, y ambos han sido señalados como locos. Geniales locos. También llamaron locos a Gandhi,  Sócrates, Einstein,  y a Jesús. Tampoco se salvaron del “manicomio” innovadores en la música, como Beethoven, o en la pintura como Monet, y creo que de seguir la lista sería larga. Ahora bien, precisemos mejor nuestra curiosidad ante la audiencia de hoy: ¿Y a quién de ustedes no le afectaría profundamente descubrir que el crimen de su padre fue un fratricidio de origen incestuoso? Para el atormentado príncipe Hamlet la revelación de esta siniestra verdad aparentemente le enloquece y le lleva a buscar vengar semejante crimen, o al menos así pudiera parecer para un desprevenido lector. Sin embargo, es el propio Hamlet quien nos desconcierta pues cuando organiza una función teatral producida con toda la intención de perturbar a la pareja criminal reinante, advierte a su amigo Horacio: “Ya vienen a la función. Vuelvo a hacerme el loco. Vete a tomar asiento” (en la Escena II, del III Acto). Jorge Luis Borges lanzó la hipótesis de que toda la obra es sólo un sueño tan desmesurado y rico como la ambición de poder del propio príncipe Hamlet. En todo caso, Hamlet ha pasado al imaginario colectivo como un perturbado. Así pues, Se ha dicho que la verdad duele, en este caso tanto dolió la verdad revelada que hizo enloquecer, perder la razón, extraviar el sentido. ¿Y qué es la locura? ¿No será una forma de clarividencia, de ver más allá de lo inmediato? ¿Acaso no será otra forma de sentido y, por tanto de verdad? (Lacan y los pensadores del estructuralismo francés han señalado esto). Para los escritores del romanticismo tanto en sus novelas como en sus poemas, la figura del loco era utilizada para expresar la condición maldita de aquél único ser que gritaba y señalaba la verdad de las cosas, pero al que tristemente nadie le creía; precisamente por sus  formas o maneras extravagantes e inusuales de explicar esa verdad que veían tan claramente. Por supuesto, éste tipo de locos representan una amenaza no para la gente común sino para los que detentan el Poder, ésos que enuncian y construyen el discurso oficial y hegemónico sobre cómo “deben” comprenderse las cosas, nos lo recuerda bien el rey Claudio cuando asegura: la locura en los grandes no debe quedar sin vigilancia. (¿Acaso en nuestra actualidad venezolana no existen presos políticos que el Poder tacha de locos y delirantes?)

Hamlet inicia una búsqueda, una investigación. Un fantasma le hace revelaciones asombrosas, pero un serio investigador o filósofo en búsqueda de la sabiduría debe agotar las formas de comprobación de la verdad que busca. Bien sea a través de maneras empíricas o deductivas, todo suma y aporta al momento de ir tras la verdad. Hamlet apelará a los métodos deductivos de un Sherlock Holmes pero se valdrá del teatro para desenmascarar, para desnudar y atrapar la verdad en la conciencia de todos. ¡Oh arte! Cuánta ironía encierras, tú que te enmascaras para desenmascarar, tú que oscureces para alumbrar, distraes los caminos de la “recta razón” para revelar y descubrir la verdad tras bastidores. ¿Qué harás amigo asistente cuando una vez contemplado lo más profundo de tu propia verdad, con su carga de oscuridad y quizás de culpa? ¿Ser o no ser? ¿Huir o afrontar? y si el Poder te amenaza como lo hizo con Sócrates -y siempre acechará al investigador profundo- no olvides la opción del atormentado Hamlet: “¡Ya vienen a la función! Vuelvo a hacerme el loco. Vete a tomar asiento”.

(Texto leído en el teatro foro “Hamlet” realizado en el marco de la semana del Psicólogo en el Paraninfo de la Universidad Rafael Urdaneta, el miércoles 23-11-2016)

Emigrar también es aprender

Migracion 2

 

¿Nos desangramos como país? ¿Cuántos afuera? Sístole/diástole, ¿4 o 5 millones? Sístole/diástole…  Quizás la imagen del paciente en terapia intensiva no sea la más cónsona para reencontrar la esperanza ante una crisis tan compleja como la de hoy en Venezuela. Se ha usado con frecuencia la metáfora médica: país en “terapia intensiva”, democracia agonizante, fuga de cerebros, o simplemente “esto es un desangre”. Y sí, dichas imágenes son atinadas para señalar el mal que se padece y hacer comprender más fácilmente la magnitud de las consecuencias. Sin embargo, su alcance es corto pues no dan muchas pistas para atisbar caminos mejores hacia el futuro.

Es decir, estás viendo el problema, la herida, la grieta… pero pegado a la pared. Nariz con nariz ante la tragedia. Las imágenes del lenguaje importan. ¿Cuál usar para escribir sobre el hecho, nuevo en nuestra historia, de la emigración? Sugiero la de un grande y poderoso caudal de agua que fertiliza valles y llanuras, el cual de repente se ve embalsado por una temible represa. Cemento, cabillas, compuertas cerradas, se controla el libre fluir y se corta en seco el antiguo caudal del río hasta el mar. Después de dicha represa, por la falta de agua, la naturaleza se agosta y deprime en clave de luto.

Hasta que la fuerza del río es tal que busca otros caminos, inunda nuevos parajes, abre otros rumbos para fluir en libertad. Incluso puede terminar por derribar a la misma represa. Los sistemas político-ideológicos totalitarios contrarios a la libertad humana, al tomar las instituciones infligen heridas profundas a los ciudadanos, pero más allá de eso, la libertad interior nada ni nadie puede exterminarla, a menos que se abdique conscientemente de ella. Y este no es el caso de la mayoría de los venezolanos, dentro y fuera del país.

Los de adentro luchan por crecer, los que salen buscan un libre fluir, ambos grupos pueden y deben coordinarse. Mucho más allá de enviar remesas en otras divisas. Se trata de seguir creciendo culturalmente como país desde la más dolorosa crisis, seguir sembrando y construyendo futuro para Venezuela.

Se crece hacia afuera y hacia adentro, y todo proceso de desarrollo y avance debe implicar aprendizaje y organización. Dependerá de usted no dejarse hundir en el pantano de la melancolía paralizante, tanto el que ya se fue como el que se quedó deben aprender a reencontrar la esperanza.

Hace un mes regresaba en autobús de Caracas a Maracaibo. Ya en el terminal me llamó la atención tantas despedidas con lágrimas, acompañadas de largos abrazos. Arrancamos por fin a las 9 pm., al filo de la medianoche nos sorprendió el repentino pinchazo de un caucho, en la solitaria autopista regional del centro.

Nervios, cansancio, calor, tensión en la oscuridad. Mientras los choferes cambiaban el caucho, converso con los pasajeros cercanos. Alberto es moreno, delgado y entusiasta, viaja con su esposa e hijo de dos años. Con emoción y nostalgia me cuenta (nos cuenta, pues su voz la escucha medio autobús) que se está yendo vía Maracaibo para Cartagena (Colombia). A sus 42 años lleva a cuestas la experiencia de 23 años como analista de negocios y gerente en un banco multinacional en los Valles del Tuy.

Lleva sus cartas de recomendación y una “buena percha” para causar buena impresión el día que se presente en la sede de un reconocido banco en Cartagena. Aspira que le den empleo y que reconozcan su trayectoria, sueña con una decente calidad de vida para quedarse en Colombia, además su esposa es colombiana. Piensa con tristeza en los 200 compañeros que por reducción de personal quedaron sin empleo, muchos de ellos presentaban cuadros iniciales de desnutrición. Dejó una buseta estacionada en su casa, casi nueva, para cuando vengan tiempos de libertad para Venezuela.

Atilio también tiene 42 años, es mi compañero de asiento pero no emigra solo, su mujer e hijo de 10 años van en los asientos de atrás. Vivían en Catia, él ha sido motorizado toda su vida adulta y me asegura que por muchos años pudo vivir con decencia. Marcha ahora hacia Colombia en bus y luego buscará llegar a México, allí tiene una hija casada con un mexicano desde hace años.

De pronto se interrumpe y me dispara esta pregunta: “¿No cree usted que si mi jefe comerciaba con este gobierno, también es cómplice de los males de todos?”… yo me quedo en silencio de piedra, mientras poco a poco el autobús vuelve a moverse. Atilio va dispuesto a aprender nuevos oficios, a ofrecer su honestidad y ganas de trabajar para salir adelante.

Al llegar al terminal en Maracaibo veo afuera como diez taxis, como soy de los primeros en tener su maleta, luego de despedirme de mis compañeros de viaje me acerco a un taxi y recibo una respuesta que me deja helado: “no amigo, no llevamos a Maracaibo, los diez taxis llevaremos gente a la frontera”… y compruebo cómo se van llenando los taxis con familias que se marchan desde México hasta Chile, pasando por Colombia, Perú y Ecuador.

A mi ese elenco de países me recuerda que la última vez que ríos de venezolanos bajaron al sur atravesando los Andes, fue en compañía de Bolívar y Sucre, ayudando a sus hermanos a conquistar la libertad… y en un flashback de caos imaginativo (en los 80 vi demasiado MTV), veo a Atilio y Alberto a caballo, contando sus experiencias trágicas vividas en Venezuela, convenciendo a los que conozcan en sus nuevos destinos, que no voten por opciones políticas que les pueden costar su tranquilidad.

Es verdad que hay venezolanos afuera que no se comportan bien, pero la mayoría, sin ninguna duda, ha sido gente trabajadora que busca vivir en paz y en libertad. Van dispuestos a reinventarse, descubriendo con sencillez que quizás una de las facultades cognitivas que más realiza al ser humano  es la alegría y la pasión por los nuevos aprendizajes.

¿Volverán algún día? No lo sabemos. Ya se habla hasta de “éxodo” e incluso, del más grande movimiento de desplazados del mundo actual, más que en Siria. Somos protagonistas de la principal crisis migratoria de hoy.

Siempre pienso que hay crisis de todo tipo. Crisis de adolescencia, amorosas, económicas… implican cerrar ciclos, renunciar a otros caminos, valorar lo ya conseguido, apartar obstáculos o darles un rodeo, sobrellevar la esperanza y reestrenarla, encontrando fuerzas donde parece que no hay para acometer nuevas oportunidades, encuadrar perspectivas, alcanzar metas y sueños por los que luchar con tenacidad y realismo cada día.

Me quedo con el abrazo de Atilio y Alberto de despedida: “Ya verá profesor, que no nos olvidaremos de Venezuela”. Que así sea. Que el desborde de los ríos sea tal que se lleve represa, compuertas y todo lo que obstaculice a la libertad.

 

La familia es el último bastión

Familia Bastion

 

Abrir los ojos e informarse. Contemplar la actual situación de la educación en Venezuela y definirla en una sola palabra: devastación. Programas de alimentación escolar intermitentes, incompletos o que sencillamente nunca llegan. Alumnos que desertan empujados por el hambre. Infraestructuras por el piso. Inseguridad escolar que campea y transporte muchas veces impagable.

Docentes sacrificados que, de hecho, subsidian con su inmenso trabajo el educar los hijos de los demás. Unos se han marchado a otro país y otros se han quedado haciendo resistencia en sus aulas porque de momento no tienen otra opción. ¿Héroes? ¿Mártires? El tiempo lo dirá, pero todo apunta a que no son exageraciones del lenguaje.

Y la familia es el último bastión. Epicentro de todo, de lo bueno y lo malo. Objetivo contra el que convergen múltiples fuerzas. Separadas, desarticuladas u organizadas, aún laten, palpitan, pugnan y luchan. El eco de aquel “con mis hijos no te metas” sigue en pie hoy más que nunca. En las escuelas privadas han sacado el pecho para impartir clases ante el éxodo de los docentes.

Y la familia es el último bastión. Epicentro de todo, de lo bueno y lo malo. Objetivo contra el que convergen múltiples fuerzas. Separadas, desarticuladas u organizadas, aún laten, palpitan, pugnan y luchan. El eco de aquél “con mis hijos no te metas” sigue en pie hoy más que nunca. En las escuelas privadas han sacado el pecho para impartir clases ante el éxodo de los docentes.

Los egresados de dichas escuelas van escuchando cada vez más el llamado para ayudarlas, para no dejarlas sucumbir. Las zonas educativas, entes concretos del Estado indecente… perdón, del Estado “docente”, saben bien que nada pueden ante la organización de padres y representantes que se mantienen firmes para garantizar una educación de calidad a sus hijos. Allí están, haciendo malabares para cuidar a sus docentes, formando bancos de libros y haciendo campañas internas a favor del rescate de los valores ciudadanos.

Muchos van comprendiendo ahora, en carne viva, que los docentes son parte fundamental de esa espina dorsal de nuestra cultura que es la educación. Que no ha sido justa tanta incuria acumulada desde hace décadas con unos sueldos míseros. Ojalá que cuando se abran nuevos caminos de libertad tengan los sueldos que merecen, considerando su gran aporte a la sociedad.

Toda crisis, más allá de los inmensos dolores y sacrificios que trae, es tiempo de oportunidades, de recalcular, de autoevaluarse con honestidad, de visibilizar el proyecto educativo que se quiere y luchar por llevarlo a la práctica. Muchas comunidades educativas están en ello. A pesar de todo, los venezolanos siguen buscando formas y maneras para continuar educándose: vía web, fuera del país, o desde el trabajo para poder subsistir.

Y la realidad siempre será más fuerte que la peor ideología, pues la entraña misma de lo auténtico de la condición humana es el valor de la libertad. Y contra ella nadie puede, hasta Dios la respeta.

Muchísimas familias han expresado desde hace años su frontal rechazo al tinglado de la propaganda ideológico-política de nuestro Ministerio de “deseducación”: Colección Bicentenario, escuelas-comunas, culto al muerto endiosado, acoso a docentes que no asisten a los actos políticos, acoso institucional a las escuelas o colegios que no acaten directrices ideológicas o económicas, y un largo etcétera. Todas, amenazas directísimas a lo más caro para un ser humano: sus hijos. O sea, Creonte contra Antígona… again! Nos recordará el viejo Sófocles.

Lector: piensa en la escuela de la que has egresado; son tiempos trágicos. Si hubo rencores, olvídalos. ¿Por qué no darle una vuelta, asomarse, ofrecer de alguna manera cualquier ayuda de tu parte? Ten por seguro que te lo pagarán en la mejor de las criptomonedas: la sonrisa agradecida de niños, jóvenes y maestros. Es decir, es como si desde la prosperidad que vendrá en un tiempo futuro te dieran un gran aplauso.

Vote por Sócrates…

Sócrates Pop2

… ¡Para ministro de educación! Que dirija las líneas maestras de la reconstrucción de un país, y destierre de nuestras instancias educativas las pezuñas de la ideología política de cualquier color.

Educar es aprender a buscar sabiduría, abriéndose sin prejuicios al conocimiento. A veces puede ser estimulante para un alumno saber que sus profesores estudian, que no lo saben todo, que también han emprendido el viaje en busca de Sofía. La palabra ciencia proviene del latín scire = saber, conocer algo. Captar las esencias de los seres o fenómenos, llegar a definiciones conociendo sus causas y demostrando, hasta donde sea posible, su realidad. Lo esencial de la existencia se comunica para formular críticas, plantear hipótesis, atisbar verdades.

La postmodernidad, hija incomprendida por ese padre orgulloso llamado racionalismo moderno, cuestiona precisamente esas ínfulas del conocimiento científico. Pero no deseamos caer en las discusiones de familiares entre modernos y postmodernos sobre el saber científico: “¡Qué no da igual éste método para hacer ciencia que aquél otro!”… en fin,que sigan con la cuestión del método. Al fin y al cabo, la realidad siempre será la gran incógnita por despejar.

Educar es aprender a parir ideas en el mejor estilo socrático, no en vano su mamá fue partera. Es decir, desde la insustituible docta ignorancia de reconocer que “sólo sé que no sé nada”. Educar para entrenarnos con rigor en el apasionante deporte de las ciencias exactas o humanas. Para crecer en madurez como seres biopsicosociales y espirituales que aprenden a usar y defender el don de la libertad. Para distinguir lo bueno de lo verdadero y entender que no tienen por qué excluirse, asimilando la historia compartida y asumiendo la fuerza, las luces esclarecedoras de las artes.

Educar para gritar con alegría: ¡eureka! ¡Lo he comprendido!… mientras otras cien puertas se abren hacia el misterio, y el que creía llegar al momento definitivo del absoluto, contempla nuevos senderos para seguir investigando, produciendo, construyendo, transformándolo todo para hacer un mejor país. En los lugares con cuatro estaciones durante el más crudo invierno, cuando parece que la naturaleza ha muerto, debajo, desde las raíces, la vida continúa su desarrollo indetenible desde la sabia profunda de la cultura.  Ya llegará el tiempo del deshielo, pero de nada sirve frustrarse porque tarda la primavera, y quedarse mano sobre mano en una espera improductiva.

Marx y sus amigos criticaban la ideología hegeliana exigiendo la supresión del constructo teórico e imponiendo la fuerza de la praxis… si se fuera fiel a dichos principios, luego de palpar los fracasos rotundos en la práctica del marxismo uno se pregunta por qué no se conforman con un respetuoso silencio.

Siempre hemos sospechado de las ideologías. Todas prometen villas y castillos, utopías totalizantes de la existencia y del ser humano. “Todo lo comprenden, todo lo saben”. Tarde o temprano queda en evidencia su impostura, su vulgar irracionalidad, su simplismo bipolar, y también su alta peligrosidad: en el pasado siglo XX las ideologías se llevaron por delante varios millones de muertos. Una educación ideologizante no sólo es contraria a la ciencia, al saber, a la libertad, a la realidad misma… nunca educa, solo amaestra, en base a dogmas rígidos que sólo aspiran a la obediencia ciega. Busca formar esclavos, no ciudadanos.

No pensemos que sólo hay ideologías políticas (prefiero hablar de ideas políticas o ideario político), pues crecen como los hongos venenosos en todo tipo de arbustos: en la ciencia, en las universidades, en las religiones, en la economía, en la comunicación social y hasta en el mundo del arte. Siempre interesadas, cerradas, son tan antiguas como esas tendencias en los seres humanos de crear ídolos. Es decir, encerrar sólo un aspecto de la realidad en una imagen (o personaje) y cargarla de todo tipo de sentido(s) que supuestamente nos llevarán a la verdadera plenitud existencial. La vieja idolatría mítica estrenando nuevas máscaras. La verdad de las cosas no les interesa, ni mucho menos el así llamado “bien común”, para el grupito sectario ideológico la “sabiduría” sólo la poseen ellos y su praxis consiste en retener el poder.

Las Ideas en cambio son hijas de la libertad del pensamiento y de la libertad de las conciencias. Son atemporales y pueden ser compartidas por las culturas más dispares, en éste sentido, siempre serán lugares de encuentro, de crítica franca y abierta, de tolerancia y comunión aún desde de la diferencia y el disenso. Justicia, Ciencia, Amor, Libertad, Verdad, Arte, Democracia, Fe, Razón, Causa, Lenguaje, Persona, etc, ya Mortimer Adler desde la Universidad de Chicago hizo un magistral elenco de ellas. Las ideas siempre permanecen abiertas a todos los caminos del saber, a todas las incógnitas, afirmaba Platón que incluso tienen su propio dinamismo y vida autónoma como esencias de toda la realidad. Allí donde queden hombres pensantes allí estarán ellas siempre germinando, impulsando e inspirando nuevas vidas, nuevos proyectos.

Cuentan los biógrafos de Karl Popper, el filósofo de la ciencia y autor de la obra La sociedad abierta, que en su Austria natal a principios del siglo XX, para ser profesor de matemática o de física en bachillerato había que obtener el grado de doctor en dichas áreas del conocimiento, cuando lo leí quedé en shock… Popper siempre tuvo una estima y como deuda de gratitud hacia los pensadores clásicos de Grecia, especialmente hacia Sócrates. Ese gran cofundador del método científico y descubridor de la libertad como valor humano. Modelo de coherencia de vida y de sincero afán por el saber, quizás por ello terminó siendo condenado a muerte. En cualquier caso, su más brillante discípulo Platón, recogió parte de su doctrina, éste a su vez fue el principal maestro de Aristóteles.

Sus ideas transformaron el mundo para siempre, inaugurando el tiempo del despertar de la razón y del desarrollo científico. En conclusión, para nuestra futura reforma educativa: más Sócrates, no más sumisión.

Lenguaje y Tiempo en Clarice Lispector

Lispector Agua Viva

La primera vez que leímos Agua Viva nos dejó en el alma un mosaico, o mejor, un collage de sensaciones e ideas, muy sugerentes. Dichas ideas además tienen como electricidad, están vivas, se mueven y pululan, incitan a la contemplación del Lenguaje y sus problemáticas. Quizá la potencia de sus imágenes se deba a esa poda del lenguaje de la que habla Lispector citada por Florencia Garramuño en su estudio introductorio, a ése domar la hermosa y voluptuosa estructura barroca, rizomática / arborescente, de los sucesivos textos preliminares hasta conseguir la versión definitiva, la cual, quedará como la materialización de un entre, de una encrucijada de múltiples caminos, como un punto que deviene en frontera con todos los países del mundo, sus culturas, y sus posibilidades de sentido. Es decir, es un texto que sencillamente tiene vida, pues la autora consigue magistralmente que sea una puesta en escena de la Vida misma: es un corazón latiendo, unas vísceras palpitantes, una vena que bombea, un útero voraz y en contracción, la vida vista por la vida, es fluir acuoso y sanguíneo, es devenir, es el instante y su sucesión, es el “it”, el “X”, el ES: definición de la palabra más importante del lenguaje, según la autora. Pareciera que Lispector consiguiera concentrar, condensar, devenidos en simiente, las potencias de sentido de todos los géneros literarios existentes desde la antigüedad hasta 1973, año en que aparece la novela.

Agua Viva es una propuesta ficcional sumamente original. Es un hermoso tributo al Lenguaje, el cual, cobra conciencia de sí mismo y deviene en singular personaje que, en primera persona, nos hace partícipes de sus sueños, pasiones, frustraciones, temores y alegrías. Es como si el Lenguaje “se confesara” a través de una entrañable epístola a su mejor amigo(a) o a su amante. El Lenguaje representa la voz que en primera persona va describiendo y definiendo tanto su propio devenir como el de una “realidad”, de un “afuera” un tanto esquivo, el de la materia externa al universo de la Lengua, la cual, en éste trabajo, queremos relacionar con el Lenguaje desde una perspectiva temporal, es decir, nos referiremos a su relación con el Tiempo.

Si bien desde principios del siglo XX con las obras filosóficas de Martin Heidegger,  W. Dilthey y Henri Bergson, el tiempo pasa a tener una mayor importancia en el tratamiento que recibe por parte de los filósofos –los historiadores hace mucho que “trajinan” sobre él, mas quizá desde hace muy poco han meditado sobre él, con la Escuela de los Annales-, no obstante esto, habrá que esperar hasta los años setenta para que esa cuarta dimensión tan importante para los físicos de la teoría de la relatividad, comience a tomar mayor protagonismo en las ciencias sociales[1].

Abordar el texto de Lispector desde un enfoque temporal no es un capricho ni obedece a un rígido prejuicio mental con el cual nos fabricamos una especie de molde, en el cual deberán calzar todos los textos que se nos presenten para esa ardua tarea del crítico. Al menos queremos mostrar, haciéndola patente, que la problemática tiempo/lenguaje ocupa un significativo espacio en la narración en cuestión. Ahora bien, ¿Por qué el Tiempo?… coincidimos totalmente con María Zambrano en que,

El tiempo medio ambiente de toda la vida. El tiempo nos envuelve, nos pone en comunicación con todo medio y a la vez nos separa. Por medio del tiempo, y en él, nos comunicamos. Es propio del hombre viajar a través del tiempo. // Cada hombre habita una zona del tiempo en el que convive propiamente con los demás que en él viven. Convivimos en el tiempo, dentro de él. Y así sucede, que convivimos más estrechamente con quienes más alejados de nosotros viven en el espacio, viven en el mismo tiempo; con ellos podemos entendernos, y aún sin entrar en relación directa, actuar de acuerdo, coincidir en ciertos pensamientos. Pero el tiempo es continuidad, herencia, consecuencia. Pasa sin pasar enteramente, pasa transformándose. El tiempo no tiene una estructura simple, de una sola dimensión, diríamos. Pasa y queda. Al pasar se hace pasado, no desaparece.[2]

Uno de los rasgos principales del tiempo es su devenir incesante. A su vez, si algo tienen en común tanto el lenguaje como el tiempo, es su continuo transcurrir, su nunca permanecer estable, inerte, petrificado. Al pensar sobre esto nos parece inevitablemente acertado y agudo el título de la novela. La imagen del agua que corre contiene en sí perfectamente la noción de cambio sucesivo e incesante la cual, aún con sus permanencias y resistencias, encontramos proyectada en la imagen de un río. En este caso de dos ríos: lengua y tiempo. Sobre estas dos nociones, no pretendemos entrar en el apasionante y complejo problema de ¿quién contiene a quién? ¿Quién crea a quién? ¿Quién fue primero? ¿Qué limita o fronteriza al otro? Sin embargo, asomamos la posibilidad de lectura,  de que en la presente novela será la Lengua la que de una u otra forma intente –y consiga en parte- atrapar el instante, el ahora, el ya… es decir, el tiempo presente. De allí que la novela literalmente tenga Vida.

[1] Cfr. Página 9 de: ROMERO, José Luis. 1988. La vida histórica. Siglo XXI Editores Argentina, Primera edición (2008), 201 pp.

[2] ZAMBRANO, María. 1996. Persona y democracia. Ediciones Siruela, Segunda edición (2004), España, págs. 26-27.

 

Leer desde la infancia

Niña lee magia dragon

Probablemente sean la infancia y la adolescencia las etapas de la vida que más se identifican, que poseen una mayor semejanza con eso que pudiéramos llamar: el corazón de la ficción literaria. Al asegurar esto pensamos en la actitud de un buen lector, al cual no podemos concebir separado de la literatura. Es decir, la literatura puede pensarse y estudiarse en sí misma como un problema que, en la medida que es analizado y se va profundizando en él –función de la crítica-, nos va develando los más ricos e insospechados matices que explican en parte la vastedad de la condición humana. De aquí su cercanía con la filosofía y con la historia.

Sin embargo,  en la medida en que a uno lo “atrapa” una novela o un poemario, es decir, cuando el lector acepta de corazón el pacto con el escritor de creer con todas sus fuerzas en los recursos desplegados en el texto entonces sucede un curioso fenómeno: el texto comienza a cambiarnos interiormente y nosotros, los lectores, también comenzamos a alterarlo, a modificarlo, a representarlo con otros tonos, luces y sombras. Verificándose de nuevo en parte, lo que sucede al final de la gran obra de Cervantes,  “la quijotización de Sancho y la sanchificación del Quijote”. Toda buena lectura implica un continuo fluir en dos direcciones: libro-lector y lector-libro. Creer, asentir, confiar totalmente con el corazón, bajo el previo acuerdo del pacto de la ficción, puede ser peligroso, sin duda estará lleno de emociones, puede implicar aventuras, tragedias, atisbar lo fabuloso y lo mezquino del ser humano, viajes… no tanto geográficos, sino a la profundidad de nosotros mismos, como un viaje en el tiempo. A nuestro pasado, a cómo proyectamos nuestro futuro y a confrontar lo que leemos con nuestro presente.

¿Y a qué niño no le fascina que le cuenten historias raras, misteriosas, siempre emocionantes? Está comprobado casi empíricamente que los libros de aventuras o épicos son los mejores para la iniciación en la lectura. Los niños y adolescentes que creen con sinceridad en lo narrado, no tienen empacho en dejarse atrapar por la ficción y buscan en ella respuestas a su presente. No estoy muy seguro que sea cierto aquello de que muchas personas leen para evadir su presente… en cambio, pienso que en el fondo, no lo están evitando, sino buscando en la realidad representada de forma refractada por la ficción, respuestas con sentido que les ayuden a comprender los porqués de su existencia. Y si esto es válido para el filósofo en la contemplación de la realidad en la que vive, también lo es para el lector en las representaciones de la ficción, en esas materializaciones textuales de las experiencias vividas por otros.

Así pues, pudiera decirse que la mejor actitud que define al perfecto lector es la de leer como en la infancia. Bueno, decir perfecto quizá sea siempre demasiado comprometedor, pero no cabe duda de que será la manera más lúdica, más divertida… lo cual no implica necesariamente, que por ello sea una forma menos seria de leer.

Recuerdo que el primer libro que leí completo fue a los diez u once años,  Little men de Luisa May Alcott. Llegó a mis manos como un obsequio de cumpleaños, tenía algunas ilustraciones, y narraba estupendamente las aventuras de un grupo de muchachos de la edad que yo tenía los cuales vivían en una especie de escuela internado de los Estados Unidos. Los dueños de dicha escuela eran los esposos Baer, especialmente importante era la figura de la madre, la maestra Jo (aquella misma Jo de Little women pero ahora ya madura), más allá de las divertidas peripecias de aquellos niños en el fondo a uno le quedaba como honda impresión, lo grato en la vida del buen compañerismo. Posteriormente releí partes del libro otras veces. Más adelante ya con doce o trece años, un amigo me habló de una saga de aventuras increíble que presentaba un mundo que, si bien era fantástico para él tenía muchas semejanzas con la realidad. Con semejante presentación llena de intriga, amén de la autorizada opinión que le concedía a mi amigo acepté leer completo The Hobbit de J.R.R. Tolkien. Volverme un tolkiniano convencido fue relativamente rápido, pero el reflexionar sobre aquello de que en el fondo todos somos, un poco o un mucho Hobbits siempre remisos a asumir los riesgos de las grandes aventuras, esto me llevó mucho más tiempo. Especialmente darse cuenta, descubrir con otros ojos que, en realidad las grandes aventuras de la Tierra Media, emergieron de la cotidiana vida de un apacible escritor inglés.

Intuimos que quizá Tolkien, Olmedo, Tolstoi o Gallegos aprendieron a desarrollar especialmente una nueva sensibilidad interior para interpretar y proyectar nuevamente lo esencial de lo que les tocó vivir, pero con una representación del lenguaje que lograron conjugar acertadamente: profundidad y belleza; gracias a que en realidad todo gran escritor ha sido antes -y siempre-, un apasionado lector, ha leído desde lo profundo de sí mismo, leyendo desde el origen de lo que somos, desde nuestra infancia conservando intacta así, –aunque se peinen canas- la primigenia, sabia y humilde capacidad de asombro.

Al ver una biblioteca me gusta imaginar toda una gama de portales, de entradas, que esperan por cualquier lector que conceda al menos un poquito, pero verdaderamente crea y los lea con avidez, para comenzar así uno y múltiples itinerarios de viaje hacia adentro y hacia afuera de nosotros mimos. Si hay creencia, se ha puesto el corazón, y con éste requisito asegurado lo que nunca faltará es la pasión (incluso si el libro es malo y lo tiramos por la ventana). En cualquier caso todo viaje es comenzar una búsqueda, que no nos importe tanto el miedo por lo que podamos encontrar, en todo caso la alegría y una actitud agradecida hacia la vida nunca abandonará a aquél que no olvida leer con el asombro de la infancia, desde el corazón de la ficción.

No se trata aquí de proponer la ridiculez sentimental de leer como quien padece un complejo de Peter Pan o como el que repite la historia de Madame Bovary. Ambos personajes, especialmente el último, se negaron a aceptar su presente. Tampoco se trata de una mitificación de la infancia en el peor estilo romántico ilustrado de un Jean Jacques Rousseau.

Un niño asume su presente pero de otra forma, lo enfrenta pero visto en diagonal, y aunque sea duro siempre busca lo lúdico, lo festivo, aquello que sin importar su pequeñez se convierta en digno de ser celebrado: ¿Por quién? Pues por él, y sus amigos –sean imaginarios o reales-. Puede ser que un niño no sepa distinguir plenamente entre lo que le hace daño y lo que le beneficia, pero parece claro que siempre con sus preguntas busca sin miramientos lo verdadero de las cosas, los porqués, las razones. Aunque luego su imaginación las presente de otra forma. Tampoco se arredra para decir lo que percibe tal cual lo está captando. Pero más allá de todo lo anterior, un niño pequeño, antes de que se le despierte la malicia o los papás le alboroten la malcriadez, posee una capacidad de asombro ante las cosas, de respeto e ilusión por el misterio, por la aventura, que bien vale la pena volver a conseguir –si la hemos perdido- al momento de iniciar una buena lectura. Las consecuencias puede que sean totalmente inesperadas… de hecho, creo que algo así le dijo Gandalf a Bilbo al inicio de aquél memorable viaje más allá de las Montañas Nubladas.