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Rescatar la familia para reconstruir el país

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¿Sería posible reescribir la historia mundial, de Latinoamérica o de Venezuela desde el lugar de la institución familiar? ¿Hasta qué punto el auge o la decadencia de la familia incide en el acontecer de un país o de un imperio? Son preguntas inevitables que deberían acompañar a una seria y ponderada reflexión sobre el porqué de los cambios históricos, más allá de los habituales enfoques políticos y económicos.

La segunda mitad del siglo pasado presenció el gran auge de los historiadores dedicados a investigar y escribir, sobre la historia de la familia en los más diversos tiempos y lugares del pasado. Escuelas historiográficas de Francia, Italia, Inglaterra, Estados Unidos y Latinoamérica inauguraron pujantes líneas de investigación en torno a la familia, las cuales han seguido creciendo hasta el día de hoy.

Releyendo hace poco la Historia de Roma de Indro Montanelli, nos sorprendió  encontrar varios pasajes en los que el autor relaciona a la familia con momentos cruciales tanto de la República como del Imperio. Al reconstruir el azaroso tiempo de la decadencia republicana unos cien años antes de Cristo, se afirma que el matrimonio que no admitía el divorcio había desaparecido como costumbre entre las élites republicanas, también se evitaba el tener hijos pues se les consideraba un estorbo para poder llevar una tranquila vida de lujos, cultura y confort[1], y aquí es inevitable pensar en esa especie de mentalidad antinatalista actual que, ladinamente, busca presentar un falso conflicto entre tener hijos y realizarse personalmente… nada nuevo bajo el sol.

Luego, cuando explica someramente las dificultades y hazañas en la vida del afamado Julio César nos advierte que, ya César había comprendido que su audaz reforma agraria no podría llevarla a cabo contando con los habitantes de Roma pues estaban demasiado corrompidos, en cambio la situación era muy distinta entre las familias de las provincias italianas, de allí la insistencia de César por extender la ciudadanía romana a todas las provincias.

Más allá de que Julio César haya tenido numerosas amantes, y de los cuernos montados a su esposa Calpurnia, era consciente de la necesidad urgente de buenas costumbres familiares y de una firme educación en valores[2] para que verdaderamente pudiera consolidarse el legado cultural, militar y económico de Roma. Muy interesante.

Posteriormente, al dar el veredicto final sobre cuáles fueron las causas que llevaron a la catástrofe a uno de los imperios más poderosos de la tierra, Montanelli no duda en asegurar que “la crisis militar no era más que el resultado de una decadencia más compleja, antes que nada biológica. Había comenzado por las clases altas de Roma (…) con el relajamiento de los vínculos familiares y la difusión de las prácticas maltusianas y abortivas. La vieja y orgullosa aristocracia, que fue acaso la más grande clase dirigente que el Mundo ha visto, y que durante siglos dio ejemplo de integridad, valor, patriotismo, en suma, de “carácter”, después de las guerras púnicas y más aún después de César, comenzó a darlo de egoísmo y de vicio”[3].

Es difícil que las referencias anteriores no golpeen al lector actual, específicamente a aquél habituado al discurso políticamente “correcto” de los grandes medios de comunicación en el mundo occidental. Inevitable recordar que cada vez más los europeos no quieren tener hijos, ni desean relaciones estables que impliquen compromiso, y mientras van envejeciendo como sociedades en camino hacia la extinción demográfica, se van llenando de inmigrantes asiáticos y africanos ante los cuales se sienten amenazados… no deja de ser irónico.

Conocer y comprender la decadencia tanto de la república romana como del mismo imperio, debería quizás ser un cometido de permanente conocimiento y reflexión en los ámbitos académicos en sus distintos niveles. Y no sólo para escarmentar en cabeza ajena sino, sobre todo, para valorar y continuamente autoevaluar, la enorme importancia que existe en la relación: familia, educación ciudadana e instituciones libres. Fundamentos imprescindibles para la hermosa y ardua tarea educativa de la reconstrucción republicana.

La gigantesca migración venezolana ha dejado un sinfín de familias desarticuladas, separadas, la nostalgia dolorosa por los padres o por los hijos que se han ido, escuece en el corazón de muchos. Familias que se han tenido que conformar a quererse vía Skype, y abuelos o hermanos que fungen como representantes de niños de seis años que comienzan el primer grado, son otras de las trágicas consecuencias de la hiperinflación y de una política de estado hostil al ciudadano común.

Por otra parte, las grietas que amenazan actualmente la estabilidad de la institución familiar se agrandan progresivamente y de manera preocupante desde los años sesenta (tiempos de la revolución sexual). Al banalizar el sexo y separarlo del amor, convertido aquél en una especie de mercancía a la orden del mejor postor, adviene como consecuencia en la dimensión afectiva del ser humano una gran fractura existencial. Hay disfrute y pasión momentáneos, para luego quedar en la más profunda soledad. Rápidamente se va formando una afectividad enrarecida llena de cinismo, egoísta, cerrada de plano a toda creencia  de que es posible una afectividad sincera y desinteresada.

Si a ello sumamos una educación que ha descuidado la formación en virtudes que forman el carácter, como la honestidad, la generosidad, la sinceridad o la templanza (dominio de sí), por sólo mencionar cuatro. Es decir, de la otrora educación moral y ciudadana sólo ha quedado una especie de pastiche ideologizante que sólo aspira a formar “socialistas del siglo XXI” según reza el Plan de la Patria, es decir, gente acrítica que repita como un loro consignas partidistas consideradas como dogmas incuestionables.

Finalmente: ¿Dónde encontrar esa fuerza moral sobre la cual se fundamentarán unas sólidas y sanas instituciones republicanas? ante la inexistencia de un estado e instituciones libres,  es el tiempo de los ciudadanos. Conozcamos los buenos ejemplos del pasado, volvamos los ojos hacia esas instituciones que debidamente revalorizadas nos garantizarán ciudadanos libres: la familia es una de ellas, quizás la principal. Luego le siguen la escuela, el templo, como factores que también trabajan por la formación ética de las personas. Todo lo anterior dependerá de cada uno, de nuestra actitud como ciudadanos responsables y libres, nadie realizará esta apasionante labor por nosotros.

[1] “El matrimonio con mano, o sea el que no admitía el divorcio, había prácticamente desaparecido para permitir a los cónyuges repudiarlo cuando quisieran. Y bastaba, para hacerlo, una simple carta. No se quería tener hijos porque hubiesen sido un estorbo. Se habían convertido en un lujo que sólo los pobres podían ya permitirse. Sin las preocupaciones del embarazo, la lactancia y las enfermedades de los hijos, las esposas buscaban, como se diría hoy “evasiones”. Y las hallaban sobre todo en las intrigas amorosas y en la cultura, que entonces, comenzaba ya a convertirse en un hecho mundano y de salón”. En:  MONTANELLI, Indro (1960). Historia de Roma, Plaza y Janés, Barcelona, 170 p.

[2] “César había comprendido que nada podía ya esperarse de los romanos de Roma, reblandecidos, bastardeados y sólo capaces de proporcionar entorpecedores y desertores. Sabía que lo bueno radicaba en provincias, donde la institución familiar seguía manifestándose firme, la costumbres, sanas y la educación severa. Y con esos provincianos de origen campesino pequeño-burgués se proponía reformar los cuadros de la burocracia y del Ejército. Esta era su verdadera revolución.” Ídem, 201-202 págs.

[3] Ibídem, 349-350 págs.

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El padre ausente

 

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“Matar al padre” recomienda Freud. Se dice que su novela favorita fue Los hermanos Karamazov de Fiodor  Dostoievski, uno de los clásicos más importantes de la literatura universal. La cual tiene como principal trama un parricidio. El psicoanálisis acude a la imagen del crimen edípico para proyectar la madurez alcanzada por cada individuo, al reconocerse como un sujeto independiente y autónomo que aprendió a construir su propia vida, al margen de los cánones impuestos por su familia, legados o tradiciones.

Lamentablemente la sociedad venezolana desde hace varias décadas ha sido afectada por una transformación paulatina pero profunda en la institución familiar, para nadie es un secreto que de hecho impera el matriarcado: heroicas mujeres que sacan adelante solas a sus hijos. Y lo lamentamos, no para restar mérito a infinidad de madres, sino para tratar de destacar aquí que, la repetida ausencia de la figura paterna, genera desequilibrios en la conformación de la identidad colectiva del venezolano.

La naturaleza humana se siente herida en lo vivo por el abandono paterno. Abandono que no necesariamente es físico (por ejemplo, el hijo natural que nunca conoció a su padre), también se verifica en esas familias “bien constituidas” donde el padre casi nunca habla con sus hijos, está demasiado ocupado en otras cosas, y sencillamente cree que con traerlos al mundo ya cumplió, como recuerda la famosa canción de Franco De Vita.

La soledad del hijo más allá de tristeza también genera la sensación poderosa de que se le ha hecho una injusticia. Y no le falta razón. Hasta en la última entrega de Guardianes de la Galaxia 2 nos lo recuerda la destructiva relación padre-hijo entre Ego y Peter Quill. Mucho más crece dicho convencimiento, que dará paso al odio, cuando aquél niño o adolescente conozca otras familias donde afortunadamente el padre, sin ser perfecto (cualidad que no existe en el planeta tierra), sin embargo dicho padre ha sabido hacerse amigo de sus hijos, los cuales lo consideran como un sabio confidente y consejero. Como un fiel apoyo.

¿Qué tipo de consecuencias pudieran derivar de dicha ausencia? Pues probablemente la identidad personal sufra de una gran inseguridad interior. La cual pudiera generar una incesante búsqueda por llenar dicho vacío afectivo. Quizás la persona pueda ser así más vulnerable a diversas influencias buenas o malas, todo depende claro, pero el peligro puede ser más dañino ante ésas que son las peores. Como educadores, ya sea a nivel escolar o universitario, debemos sentir una mayor responsabilidad de orientar la formación en valores de dichos niños o jóvenes: mediante buenas lecturas, actividades físicas sanas, entretenimiento positivo, equilibrada formación religiosa si fuese el caso, prudentes consejos, y la respetuosa camaradería entre docente y alumno. Si se consigue el plus además, de incluir a los representantes del educando pues mejor aún.

Quisimos escribir sobre este tema ante la visión mental de los siguientes flashes que no pudimos dejar de asociar rápidamente: manifestaciones de un feminismo ideologizante radical, de signo neo marxista, donde se expresa un odio irracional ante todo lo masculino; el cual conlleva a la denuncia furibunda de un supuesto “hetero patriarcado, falo céntrico, hegemónico y asesino”; a condenar cualquier expresión de piropo a una dama; a imponer la privada e individual orientación sexual de la homosexualidad como verdadera “liberación” de las figuras dictatoriales del padre castigador (y esto en contenidos educativos escolares, véase el caso España, por órdenes del Estado y hasta de la ONU); a abolir las manifestaciones y doctrinas religiosas tradicionales donde la única figura central han sido hombres… (aquí por supuesto, se decidió ignorar la figura de María, desde el arte sacro hasta en la teología cristiana); a destacar el aborto como el epítome vivencial que “libera” a la mujer… y un largo etcétera que pasa por las propuestas trans y queer fundamentadas en los autores de la French Theory de los años sesenta.

Más allá de la imperiosa necesidad de mantener los ámbitos de la ideología y de la ciencia demarcados y separados, pues si la ideología domina el desarrollo científico a la final terminará por acabar con él, y quien lo dude que estudie el colapso económico soviético. No obstante esto, no deja de preocupar este paroxismo de una guerra cultural occidental donde se dinamita en su raíz a la familia, y de la cual Venezuela no ha quedado al margen. Lo irónico es que en Venezuela, el país del matriarcado por excelencia, el machismo y el paternalismo han sido dos elementos nefastos arraigados, utilizados a su favor por el chavismo: nadie como Chávez ha sabido presentarse exitosamente como el “papá- mesías-benefactor” que todo lo regala y cuyo legado, a su vez, podría tildarse como la mayor obra de paternidad irresponsable de nuestra historia.

Carlos Rangel en su importante obra Del buen salvaje al buen revolucionario, apuesta a señalar que las raíces del caudillismo populista latinoamericano tiene sus raíces en el paternalismo sobreprotector de los misioneros católicos españoles del siglo XVI. Rebatir esa tesis merecería otro esapcio, sin embargo, el padre ausente no ha sido un fenómeno de ahora o exclusivamente venezolano. En definitiva: ¿De quién es la culpa? dejémoslo hasta aquí pero volveremos sobre ello en el próximo artículo.

En cualquier caso, para finalizar, recomiendo la lectura de dos entrañables e inolvidables textos para no “matar al padre”, sino optar por perdonarlo. Son la Historia Interminable de Michael Ende y Job del brillante hebreo Joseph Roth. En ambas historias el reencuentro y curación ante las heridas paternas producen una verdadera liberación. Al fin y al cabo, que el varón venezolano redescubra la grandeza de vivir una paternidad totalmente responsable en buena sintonía con el poder interior de la madre venezolana, bien merece ser un objetivo principal de nuestra educación.

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Maracaibo en OFF

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La ciudad del sol amada, por Corpoelec odiada. Es la segunda ciudad de Venezuela, capital del estado Zulia, el cual en los últimos cien años se ha caracterizado por ser el principal estado proveedor de petróleo para el país. Es la misma ciudad sumida actualmente en un caos a cámara lenta. Maracaibo sin energía eléctrica es, para sus habitantes abrasados por el calor, como una bomba que estalla todos los días con velocidad ralentizada, sumida en montañas de basura, plagada de moscas, con escaso transporte público, sin efectivo, sin cajeros, sin internet para pagar por transferencia. Sin semáforos que ordenen el tráfico. Sin ascensores, ni portones eléctricos que funcionen para mantener la seguridad mínima de cualquier estacionamiento.

Quizás la causa de que la tortura sea especialmente temida por el que la padece sea por la lentitud premeditada del que la aplica. Lenta pero progresivamente, con sádica perseverancia, se va buscando el desquiciamiento psíquico de la víctima, la cual termina en la parálisis previa a la muerte o a la locura.

Los tristemente célebres “bajones de luz” poco a poco van exterminando todo tipo de electrodomésticos, desconfigurando sistemas bancarios y fundiendo, por sobrecargas de voltaje, las tarjetas madres de sofisticadas máquinas para hacer ecosonogramas o radiografías, los refrigeradores no enfrían y los alimentos se echan a perder. El calor no perdona. Anteriormente usamos la imagen de una bomba que estalla, quizás pudo sonar  exagerado. Sin embargo, pregunte a los sufridos habitantes si no es verdad que desde hace meses escuchamos y vivimos con creciente preocupación los progresivos estallidos e incendios en distintas subestaciones de la ciudad.

Maracaibo es conocida por sus altas temperaturas, pero desde que se inventaron maneras artificiales para alterar las sensaciones climáticas, todo marabino busca por múltiples maneras hacerse con un aire acondicionado o al menos con un ventilador. La semana pasada en El Varillal llevaban doce días sin luz, mientras que en Ciudadela Faría estuvieron cuatro. Adriana es docente en ejercicio, vive en un barrio en el kilómetro 40 vía Perijá, después de llevar dos semanas sin luz y sin gas, poco a poco se han acostumbrado las familias de la zona a cocinar con leña.

Xiomara tiene setenta años es docente jubilada por el ministerio de educación, vive con Ramón en un piso nueve. Su compañero de vida ronda los ochenta años y padece diabetes. Xiomara es hipertensa y su vista le falla en las horas de oscuridad. Ambos viven gracias a las remesas sus tres hijos que viven en Colombia, Ecuador y Chile. Sin embargo desde hace seis meses a partir de la tremenda crisis eléctrica que padece la ciudad, las remesas no son suficientes para sobrevivir, sin ascensor todos los días y sólo con media hora de agua al día sienten que la vida cotidiana se les ha convertido en una lucha inesperada por subsistir.

Ramón se ha quedado, en un par de ocasiones, atrapado en el ascensor. Una vez solo y otra en compañía de dos vecinos. La última vez los pudo sacar un abnegado bombero cerca de la una de la mañana, mientras esperaban salir de aquella especie de tumba aérea, tuvieron que orinar en recipientes de plástico que afortunadamente uno de los vecinos llevaba consigo. Los vecinos de Xiomara les hacen las compras y se las suben por las escaleras si es necesario, gracias a ellos no han sucumbido cuando han pasado más de diez horas sin luz.

Roberto es un joven oficinista, es vecino de Xiomara, vive con su esposa y un hijo pequeño. Cuenta que estuvo haciendo una cola de tres horas en un banco  sólo para retirar una tarjeta de crédito, cuando por fin le tocó su turno de ser atendido por el especialista de negocios se fue la luz, ante la consternación propia y del gentío que abarrotaba la entidad bancaria. Volvió al día siguiente a la misma sede, apenas entrar dos potentes bajones de electricidad enlentecieron todo el sistema electrónico de la banca… ¡Ah! Y casi olvidaba contarme que, por tantas fluctuaciones violentas del servicio eléctrico ya los aires acondicionados no funcionaban, y con 34 grados centígrados afuera aquél banco parecía la antesala de un horno crematorio.

Una señora indignada y ahogada por el calor decía en voz alta: “¡Corpoelec no, Puerco Elec! Nos están matando lentamente, esto parece el holocausto”. Quizás un habitante de Caracas, Mérida o Barquisimeto pueda pensar que expresiones como la anterior son las típicas exageraciones del marabino… en fin, viene a la cabeza la estrofa de la famosa gaita: “Así es Maracaibo, señor turista, la recordará igual que yo”. Durante el siglo XVII Maracaibo fue amenazada por piratas y corsarios con frecuencia, incluso llegó a ser incendiada en dos ocasiones, no obstante esto, sus habitantes rehicieron su ciudad y superaron las dificultades y se crecieron ante la tragedia. Cuando se lee que los actuales gobernantes del estado y de la ciudad se mofan con absurdas declaraciones sobre las causas de la crisis eléctrica nadie duda de que los antiguos piratas han llegado al poder regional.

No obstante todo lo anterior, el zuliano en su fuero interno, suele coincidir con la afirmación del historiador venezolano Elías Pino Iturrieta que repite en los últimos años: “de  peores hemos salido”… ¡Sea!

PAZ

Líneas agudas, me han recordado la banalidad del Mal de H. Arendt.

deseo indigno

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Sarcástico, esa es la palabra que describe su nombre. Los padres lo practicaban desde que se conocieron y no iba a ser distinto cuando tuvieron que ponerle nombre a la hija: Paz. Para más sorna, le dieron una vida de guerra. De bien pequeña le exigían lo imposible y le daban lo improbable. Se acostumbró a tener que buscarse la vida si deseaba conseguir lo inconseguible. La escuálida pequeña se convirtió en una anoréxica obligada de adulta. Marchó de casa en cuanto pudo y se casó con un reputado practicante de la mentira. Alumna aventajada, llegó a presidenta de gobierno caracterizada por ridiculizar a su marido florero.

Ahora, practicando irónicamente el antónimo de su nombre, está a punto de apretar el botón nuclear.

(Empezamos con la primera Una Palabra: Paz. La presentó el blog Mala Fe y otros Grafitosy le tocó a un microrrelato hacerla realidad…

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Política desde la sinceridad

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En un mundo globalizado por la tecnología la gente exige y valora la mayor transparencia posible en políticos, instituciones, empresas, líderes religiosos e incluso en los propios medios de comunicación.

¿Qué significa transparencia? es el nuevo nombre de una vieja virtud aristotélica llamada sinceridad o veracidad cuyas consecuencias se traducen hoy por coherencia, autenticidad u honestidad de vida en tres niveles: el pensar, el decir y el hacer. Hay gente que lo que piensa no lo dice, pero lo hace. O políticos que aparentemente nunca piensan, sólo se limitan a decir y hacer lo que a ellos les conviene.

La sinceridad está tan poco pasada de moda que es lo mínimo que cualquiera exige a una campaña de publicidad sobre determinado producto, desde un jabón hasta las ofertas de un cómodo hotel: “¡Qué no me engañen por favor, pues este jabón no limpia!” La agradecemos sin ninguna duda, incluso hasta cierta tranquilidad y confianza nos deja.

No obstante, todos conocemos bien esos refranes populares que ponen sombras al valor de la veracidad, desde aquél “la verdad duele” o “el que dice la verdad se queda sin amigos”, pasando por la ochentosa canción de la reina del pop venezolano: “a veces con decir la verdad matas al corazón” en línea directa con Caramelos de Cianuro: “He sido un mentiroso un infiel no estuvo bien, pero sí estuvo bueno”. O sea, estuvo mal pero fue sabroso. Al menos se reconocen y se llaman a las cosas por su nombre, eso ya es un avance.

Pienso en la conducta de una parte de las élites políticas venezolanas después del masivo repudio ciudadano a la farsa electoral del 20 de mayo, y es sorprendente -cuando no indignante-, que aún haya políticos que monten análisis partiendo de las “serias” cifras que el más espurio CNE de nuestra historia emitió la noche del domingo.

Inevitable no recordar un texto esclarecedor y duro, escrito en 1953, bajo la dictadura del general Pérez Jiménez por Mario Briceño Iragorry, el título dice mucho: La traición de los mejores. El cual debería ser lectura obligada,  discutida y comentada en los últimos años de nuestros bachilleratos. Lejos de mí caer en la ciega antipolítica (sería hacerle un favor a la dictadura), pero dicho texto es un llamado a la reflexión, a la sana autocrítica para, de verdad, construir nuevas formas de hacer política en Venezuela y crecer en ciudadanía.

Si bien el autor dirige su texto a las elites políticas, económicas e intelectuales de entonces para nada ha perdido vigencia.  Según don Mario[1], algunos de los principales rasgos del quehacer antipolítico en Venezuela han sido:

El contrato y el cobro de comisiones como grandes tentaciones de nuestros políticos. El servilismo y la adulancia al gobernante, en particular por parte de los intelectuales. La vulgaridad y las malas maneras de los dirigentes.

También la permanente justificación de sus  conductas serviles y de sus privilegios por la falaz tesis del gendarme necesario (divulgada por Vallenilla Lanz, entre otros), es decir, como supuestamente el pueblo es ignorante y atrasado sin remedio alguno, mejor olvidarse de apostar por la formación en democracia y por una educación de calidad… por tanto la única solución para los problemas de nuestro pueblo sería el gobierno de un caudillo autoritario que mantenga el orden y la paz (y los jugosos contratos de sus redes clientelares).

Sumemos a lo anterior, cierta arrogancia que los hace creer ser los mejores, los depositarios de la verdad y los únicos depositarios de la voluntad colectiva; junto con cierto bien disimulado desprecio por el pueblo, por las instituciones y por aquellos que no tienen sus mismas ideas.

Confundir la admiración y el homenaje servil al poderoso como ejercicio de patriotismo y de civismo. La peripecia política como práctica común, es decir, “¿Cómo puedo enchufarme para surgir económicamente?”; y finalmente, el aplaudir y proponer la inconsistencia personal y la carencia de reciedumbre ética como modelos “realistas y adecuados” de hacer política.

Ciertamente don Mario lanza varios upper cut a la mandíbula con gran puntería. El texto está disponible gratuitamente en la web, los animo a leerlo y meditarlo. A pesar de todo ello, confío en que una nueva forma de hacer verdadera política se vaya abriendo paso, pues son muchos los ciudadanos conscientes dentro y fuera del país que están trabajando duramente por ello.

Al fin y al cabo, si algo hay que agradecer a las redes sociales, es que nos han permitido como ciudadanos hacer un mejor seguimiento, una mayor contraloría ciudadana a los dirigentes nacionales. Se trata de exigir coherencia, detectar inconsistencias, algunas por torpeza otras en cambio, reveladoras de verdades más oscuras. La mesa está servida en tuiter, tanto para el periodismo de investigación como para los literatos, historiadores y cineastas del futuro.

[1] Sigo aquí un poco la síntesis esquemática realizada por el doctor Francisco González Cruz en su blog.

Emigrar también es aprender

Migracion 2

 

¿Nos desangramos como país? ¿Cuántos afuera? Sístole/diástole, ¿4 o 5 millones? Sístole/diástole…  Quizás la imagen del paciente en terapia intensiva no sea la más cónsona para reencontrar la esperanza ante una crisis tan compleja como la de hoy en Venezuela. Se ha usado con frecuencia la metáfora médica: país en “terapia intensiva”, democracia agonizante, fuga de cerebros, o simplemente “esto es un desangre”. Y sí, dichas imágenes son atinadas para señalar el mal que se padece y hacer comprender más fácilmente la magnitud de las consecuencias. Sin embargo, su alcance es corto pues no dan muchas pistas para atisbar caminos mejores hacia el futuro.

Es decir, estás viendo el problema, la herida, la grieta… pero pegado a la pared. Nariz con nariz ante la tragedia. Las imágenes del lenguaje importan. ¿Cuál usar para escribir sobre el hecho, nuevo en nuestra historia, de la emigración? Sugiero la de un grande y poderoso caudal de agua que fertiliza valles y llanuras, el cual de repente se ve embalsado por una temible represa. Cemento, cabillas, compuertas cerradas, se controla el libre fluir y se corta en seco el antiguo caudal del río hasta el mar. Después de dicha represa, por la falta de agua, la naturaleza se agosta y deprime en clave de luto.

Hasta que la fuerza del río es tal que busca otros caminos, inunda nuevos parajes, abre otros rumbos para fluir en libertad. Incluso puede terminar por derribar a la misma represa. Los sistemas político-ideológicos totalitarios contrarios a la libertad humana, al tomar las instituciones infligen heridas profundas a los ciudadanos, pero más allá de eso, la libertad interior nada ni nadie puede exterminarla, a menos que se abdique conscientemente de ella. Y este no es el caso de la mayoría de los venezolanos, dentro y fuera del país.

Los de adentro luchan por crecer, los que salen buscan un libre fluir, ambos grupos pueden y deben coordinarse. Mucho más allá de enviar remesas en otras divisas. Se trata de seguir creciendo culturalmente como país desde la más dolorosa crisis, seguir sembrando y construyendo futuro para Venezuela.

Se crece hacia afuera y hacia adentro, y todo proceso de desarrollo y avance debe implicar aprendizaje y organización. Dependerá de usted no dejarse hundir en el pantano de la melancolía paralizante, tanto el que ya se fue como el que se quedó deben aprender a reencontrar la esperanza.

Hace un mes regresaba en autobús de Caracas a Maracaibo. Ya en el terminal me llamó la atención tantas despedidas con lágrimas, acompañadas de largos abrazos. Arrancamos por fin a las 9 pm., al filo de la medianoche nos sorprendió el repentino pinchazo de un caucho, en la solitaria autopista regional del centro.

Nervios, cansancio, calor, tensión en la oscuridad. Mientras los choferes cambiaban el caucho, converso con los pasajeros cercanos. Alberto es moreno, delgado y entusiasta, viaja con su esposa e hijo de dos años. Con emoción y nostalgia me cuenta (nos cuenta, pues su voz la escucha medio autobús) que se está yendo vía Maracaibo para Cartagena (Colombia). A sus 42 años lleva a cuestas la experiencia de 23 años como analista de negocios y gerente en un banco multinacional en los Valles del Tuy.

Lleva sus cartas de recomendación y una “buena percha” para causar buena impresión el día que se presente en la sede de un reconocido banco en Cartagena. Aspira que le den empleo y que reconozcan su trayectoria, sueña con una decente calidad de vida para quedarse en Colombia, además su esposa es colombiana. Piensa con tristeza en los 200 compañeros que por reducción de personal quedaron sin empleo, muchos de ellos presentaban cuadros iniciales de desnutrición. Dejó una buseta estacionada en su casa, casi nueva, para cuando vengan tiempos de libertad para Venezuela.

Atilio también tiene 42 años, es mi compañero de asiento pero no emigra solo, su mujer e hijo de 10 años van en los asientos de atrás. Vivían en Catia, él ha sido motorizado toda su vida adulta y me asegura que por muchos años pudo vivir con decencia. Marcha ahora hacia Colombia en bus y luego buscará llegar a México, allí tiene una hija casada con un mexicano desde hace años.

De pronto se interrumpe y me dispara esta pregunta: “¿No cree usted que si mi jefe comerciaba con este gobierno, también es cómplice de los males de todos?”… yo me quedo en silencio de piedra, mientras poco a poco el autobús vuelve a moverse. Atilio va dispuesto a aprender nuevos oficios, a ofrecer su honestidad y ganas de trabajar para salir adelante.

Al llegar al terminal en Maracaibo veo afuera como diez taxis, como soy de los primeros en tener su maleta, luego de despedirme de mis compañeros de viaje me acerco a un taxi y recibo una respuesta que me deja helado: “no amigo, no llevamos a Maracaibo, los diez taxis llevaremos gente a la frontera”… y compruebo cómo se van llenando los taxis con familias que se marchan desde México hasta Chile, pasando por Colombia, Perú y Ecuador.

A mi ese elenco de países me recuerda que la última vez que ríos de venezolanos bajaron al sur atravesando los Andes, fue en compañía de Bolívar y Sucre, ayudando a sus hermanos a conquistar la libertad… y en un flashback de caos imaginativo (en los 80 vi demasiado MTV), veo a Atilio y Alberto a caballo, contando sus experiencias trágicas vividas en Venezuela, convenciendo a los que conozcan en sus nuevos destinos, que no voten por opciones políticas que les pueden costar su tranquilidad.

Es verdad que hay venezolanos afuera que no se comportan bien, pero la mayoría, sin ninguna duda, ha sido gente trabajadora que busca vivir en paz y en libertad. Van dispuestos a reinventarse, descubriendo con sencillez que quizás una de las facultades cognitivas que más realiza al ser humano  es la alegría y la pasión por los nuevos aprendizajes.

¿Volverán algún día? No lo sabemos. Ya se habla hasta de “éxodo” e incluso, del más grande movimiento de desplazados del mundo actual, más que en Siria. Somos protagonistas de la principal crisis migratoria de hoy.

Siempre pienso que hay crisis de todo tipo. Crisis de adolescencia, amorosas, económicas… implican cerrar ciclos, renunciar a otros caminos, valorar lo ya conseguido, apartar obstáculos o darles un rodeo, sobrellevar la esperanza y reestrenarla, encontrando fuerzas donde parece que no hay para acometer nuevas oportunidades, encuadrar perspectivas, alcanzar metas y sueños por los que luchar con tenacidad y realismo cada día.

Me quedo con el abrazo de Atilio y Alberto de despedida: “Ya verá profesor, que no nos olvidaremos de Venezuela”. Que así sea. Que el desborde de los ríos sea tal que se lleve represa, compuertas y todo lo que obstaculice a la libertad.

 

La familia es el último bastión

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Abrir los ojos e informarse. Contemplar la actual situación de la educación en Venezuela y definirla en una sola palabra: devastación. Programas de alimentación escolar intermitentes, incompletos o que sencillamente nunca llegan. Alumnos que desertan empujados por el hambre. Infraestructuras por el piso. Inseguridad escolar que campea y transporte muchas veces impagable.

Docentes sacrificados que, de hecho, subsidian con su inmenso trabajo el educar los hijos de los demás. Unos se han marchado a otro país y otros se han quedado haciendo resistencia en sus aulas porque de momento no tienen otra opción. ¿Héroes? ¿Mártires? El tiempo lo dirá, pero todo apunta a que no son exageraciones del lenguaje.

Y la familia es el último bastión. Epicentro de todo, de lo bueno y lo malo. Objetivo contra el que convergen múltiples fuerzas. Separadas, desarticuladas u organizadas, aún laten, palpitan, pugnan y luchan. El eco de aquel “con mis hijos no te metas” sigue en pie hoy más que nunca. En las escuelas privadas han sacado el pecho para impartir clases ante el éxodo de los docentes.

Y la familia es el último bastión. Epicentro de todo, de lo bueno y lo malo. Objetivo contra el que convergen múltiples fuerzas. Separadas, desarticuladas u organizadas, aún laten, palpitan, pugnan y luchan. El eco de aquél “con mis hijos no te metas” sigue en pie hoy más que nunca. En las escuelas privadas han sacado el pecho para impartir clases ante el éxodo de los docentes.

Los egresados de dichas escuelas van escuchando cada vez más el llamado para ayudarlas, para no dejarlas sucumbir. Las zonas educativas, entes concretos del Estado indecente… perdón, del Estado “docente”, saben bien que nada pueden ante la organización de padres y representantes que se mantienen firmes para garantizar una educación de calidad a sus hijos. Allí están, haciendo malabares para cuidar a sus docentes, formando bancos de libros y haciendo campañas internas a favor del rescate de los valores ciudadanos.

Muchos van comprendiendo ahora, en carne viva, que los docentes son parte fundamental de esa espina dorsal de nuestra cultura que es la educación. Que no ha sido justa tanta incuria acumulada desde hace décadas con unos sueldos míseros. Ojalá que cuando se abran nuevos caminos de libertad tengan los sueldos que merecen, considerando su gran aporte a la sociedad.

Toda crisis, más allá de los inmensos dolores y sacrificios que trae, es tiempo de oportunidades, de recalcular, de autoevaluarse con honestidad, de visibilizar el proyecto educativo que se quiere y luchar por llevarlo a la práctica. Muchas comunidades educativas están en ello. A pesar de todo, los venezolanos siguen buscando formas y maneras para continuar educándose: vía web, fuera del país, o desde el trabajo para poder subsistir.

Y la realidad siempre será más fuerte que la peor ideología, pues la entraña misma de lo auténtico de la condición humana es el valor de la libertad. Y contra ella nadie puede, hasta Dios la respeta.

Muchísimas familias han expresado desde hace años su frontal rechazo al tinglado de la propaganda ideológico-política de nuestro Ministerio de “deseducación”: Colección Bicentenario, escuelas-comunas, culto al muerto endiosado, acoso a docentes que no asisten a los actos políticos, acoso institucional a las escuelas o colegios que no acaten directrices ideológicas o económicas, y un largo etcétera. Todas, amenazas directísimas a lo más caro para un ser humano: sus hijos. O sea, Creonte contra Antígona… again! Nos recordará el viejo Sófocles.

Lector: piensa en la escuela de la que has egresado; son tiempos trágicos. Si hubo rencores, olvídalos. ¿Por qué no darle una vuelta, asomarse, ofrecer de alguna manera cualquier ayuda de tu parte? Ten por seguro que te lo pagarán en la mejor de las criptomonedas: la sonrisa agradecida de niños, jóvenes y maestros. Es decir, es como si desde la prosperidad que vendrá en un tiempo futuro te dieran un gran aplauso.